Cuatro amigos, David Trueba


“La amistad siempre me ha parecido una cerilla que es mejor soplar antes de que te queme los dedos y, sin embargo, aquel verano no habría podido concebir los días sin Blas, sin Claudio y sin Raúl. Mis amigos”

Hace ya unos meses que regalé a un buen amigo este libro con el que amenicé mis vacaciones el verano pasado precisamente durante un viaje en coche con dos amigas. Fácil de leer, divertido y al mismo tiempo realista, es sencillo identificarse con muchos de los pasajes de Cuatro amigos, un libro que siempre estará de actualidad aunque hayan pasado casi veinte años desde su primera edición.

¿Quién no puede verse reflejado en una historia con amigos a los que les han pasado mil anécdotas y con los que se ha madurado a lo largo de los años? Solo, el protagonista, se encuentra en un punto de inflexión en su vida. Sufre su primera crisis de los treinta sin haber llegado a la edad, y como suele pasarnos a la mayoría de los mortales, se replantea su vida, hace balance sobre lo conseguido y lo perdido y se atreve incluso a  poner nombre a sus inquietudes y miedos. Todo ello durante un viaje de verano sin destino definido en furgoneta con tres amigos, en el que la improvisación en todos los sentidos es la hoja de ruta.

Cuatro amigos es como cuando se te escapan los granitos de arena de entre los dedos de las manos. Pero más que reflejado como la pérdida de una época, yo diría que es como llegar a la cima, al culmen de un momento de la vida. En definitiva; es hacerse mayor.


“Mis veintisiete años nada eufóricos, la vista cansada (quizá necesite gafas). Sin estudios superiores. Cuatro caries. Un abuelo prevegetal al que veo tres veces al año. Mi nariz torcida, los ojos hundidos, la barbilla terca, la incipiente barriga, los malos pensamientos, los complejos, los miedos, los ratos aburridos, las oportunidades perdidas, son mi modesta contribución a la fealdad del mundo”

Aunque en el libro no solo se habla de la juventud, se habla de una forma de ser, de unos valores. De no querer conformarse con lo que se espera de uno y del intento por construirse un camino propio en la vida aunque no se tenga muy claro el destino final y haya que luchar contra paredes de hormigón que surgen en medio del camino.  Incluso, a veces, contra padres ególatras triunfadores de la vida que creen saber siempre qué es lo mejor para sus hijos, a los que por salirse del camino, ya identifican como perdedores y son capaces de llevarles, reiteradamente, al borde del desquicie:


“Matar al padre. Comprendía perfectamente el significado de la expresión. Y golpearle con su pesado ego hasta desangrarlo. Tomar la afilada y espléndida opinión de sí mismo y clavársela en el corazón. Levantar con una grúa su autoestima y dejársela caer encima. Ahogarlo en el océano de su petulancia. Papá. El país era demasiado grande para los dos.”

Y además, como toda buena historia, las vidas revueltas tienen casi siempre una historia de amor enquistada en el trasfondo. En este caso opino que era necesaria para mostrarnos el posicionamiento de Solo frente algunas de las cuestiones vitales como el matrimonio o la familia, pero lo cierto es que la historia con Bárbara no me acaba de encajar.


“Casarse es repugnante, es convertir el amor en un contrato. Casarse es para gente que desconfía de sí misma, que necesita algo que le recuerde: ‘ah sí, quiero a ese tío’. Y así me desmontó el sagrado principio del matrimonio, matrimonio al que ahora se zambullía con aparente felicidad. ¿Por qué había cambiado tanto? ”


“Solo hay una razón por la que existen las familias -nos explicó Estrella-. Por la soledad. La gente tiene miedo a volver a una casa vacía”.

Quizá es ese personaje femenino en sí mismo el problema; que no lo acabo de encajar con Solo. Un tío que es un mar de dudas pero que al menos tiene principios y está dispuesto a cargarse los límites de su zona de confort para no ser  infeliz le pese a quien le pese.

Bajo mi punto de vista, David Trueba hiló muy fino para construir este libro gamberro y poético al mismo tiempo. Y tiene gracia el asunto porque acabé sus páginas en los vagones de un tren que me traía a casa de vuelta desde León, después de unas vacaciones con dos amigas en las que recorrimos varias ciudades en coche y tuvimos algunos momentos tan surrealistas como los reflejados en sus páginas.


“Mi padre, en una anterior ocasión en que amenacé con abandonar el periódico y buscar algo diferente, me animó y me dijo: ‘Fracasa cuanto antes porque así tendrás tiempo en la vida para reponerte’. Había cumplido la primera parte del consejo. Escuchaba el ruido del tren en mitad de la furiosa tormenta de verano, el galopar de las ruedas sobre las vías, ese sonido que siempre quiere decir algo muy personal para cada uno que lo escucha. Miré a Claudio y a Blas a mi lado y comprendí, en cierta medida, lo que significaba la amistad. Era una presencia que no evitaba que te sintieras solo, pero hacía el viaje más llevadero”.

P.d: La fotografía superior es de mis favoritas de aquel viaje que hice el verano de 2017. Corresponde a las fachadas de varias viviendas en Oporto, Portugal.

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