Turista en mi ciudad

Aprovechando la visita a Bilbao de Cristina, una de mis mejores amigas a quién conocí en la Universidad, y su novio Pietro, que actualmente viven en Sídney, Australia, nos acercamos después de comer a la explanada del Museo Guggenheim. Pietro es arquitecto y siempre que viene a Bilbao tiene especial interés por visitar esta zona para contemplar la estructura que según me dijo, tanto estudió en la Universidad.

Lo cierto es que el Museo no solo nos trajo un edificio alucinante en todos los aspectos. Los bilbainos, en general, solemos decir que es más espectacular por fuera que por dentro. Seguramente porque, como es lógico, todos no entendemos de arte ni somos capaces de valorar el contenido que durante todo este tiempo ha albergado el museo. Quizá todavía quede algún bilbaino despistado que no lo haya visitado. Y eso es algo bastante difícil porque a lo largo de estos veinte años varias han sido las ocasiones en las que la entrada ha sido gratuita. Incluso la propia Diputación de Bizkaia el año pasado envió al domicilio de todos los vizcainos invitaciones personales para visitarlo con motivo del veinte aniversario. Yo he estado varias veces; exposiciones, ruedas de prensa, fiestas como las de Art After Dark -¡qué privilegio poder disfrutar de eventos de ese tipo tomando una copa dentro de un museo, oiga!- Pero, sin duda, lo que es innegable es que el fenómeno Guggenheim marco un hito de renovación en nuestra ciudad y a eso, Bilbao, siempre le estará agradecido.

La mía es una ciudad palpitante, en constante cambio durante los últimos veinte años. Exactamente el tiempo que hace desde que el Guggenheim marca con su estructura de titanio el pulso de la ciudad. No nos cansaremos de decir que el Museo nos ha situado en el mapa a nivel internacional porque es la verdad. Y ha conseguido que nuestra querida ciudad gris, antes industrial y ahora de vanguardia, sea hoy de un color Azul Bilbao más vivo que nunca: bella y luminosa. Porque si de algo puede presumir ahora Bilbao es de su LUZ.

Es curioso porque son pocas las ocasiones en las que me acerco con la cámara de fotos al Guggenheim. Es un lugar tan trillado, que aún siendo tan fotografiable, mi ojo no encuentra con facilidad perspectivas nuevas. Por eso, hablando sobre luz y teniendo en cuenta que a mi el color me pirra, estas fotos que saqué el otro día de forma rápida durante la visita de mis amigos, las he preferido en blanco y negro para valorar más otros matices. La escala de grises me permite fijarme más en las texturas, los materiales y la plasticidad de las formas. Precisamente, si algo me ha fascinado siempre de este edificio es su plasticidad que inevitablemente me recuerda a los relojes blandos de La persistencia de la memoria de Dalí.

Sentirse turista en la ciudad que te vio nacer es cuanto menos curioso. Los ojos se acostumbran al paisaje y, por muy especial que sea el entorno que habitas, no eres capaz de valorar las perspectivas que, en cambio, sí ve un turista. Aunque es algo inevitable, sinceramente yo me quiero reconciliar con eso. Quiero ver Bilbao durante mis paseos como lo ven los ojos de alguien que la visita por primera vez. Quiero sentir el latido de la ciudad, quiero enamorarme de MI ciudad cada mañana una y mil veces y así en bucle hasta el fin de los días.

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