Verde que te quiero, verde

Parece una contradicción hablar en pleno verano del frío invierno. Sin embargo, la ruta por los Valles Pasiegos que he disfrutado recientemente me ha recordado al libro de Rick Bass que leí durante la última estación fría, precisamente lleva por título “Invierno“. En este ambiente de alta montaña, aún en el ecuador del verano, me ha apetecido recoger algunas de las citas del libro que me gustaron especialmente, ya que la quietud y la calma que le proporcionan al escritor los paisajes helados del Valle de Yaak, en Montana, me lo transmiten a mi montañas como las de estas imágenes.

Un gran mar brillante parecen las grandes lenguas verdes que con sus caprichosas formas recorren este paisaje cántabro. Campos curvados culminados a veces en picos rocosos que sobrepasan los mil metros de altitud y brillan al trasluz de un sol tímido. Las nieblas cubren las cimas a media tarde y cruzan de unos valles a otros mientras el ganado pasta tranquilo. Vacas lecheras, cabras, ovejas y caballos. Tuvimos la suerte de cruzarnos, además, con un zorro al anochecer. El bosque estaba (está) vivo.

En pleno julio nos faltó un café caliente y una manta. Los vientos del norte cruzaban las cimas del Puerto de Lunada e invadían con sus nieblas los altos pastos dirección a la meseta castellana. Allí nos quedamos un rato, en el alto, frente a la inmensidad. Observando el paisaje verde regado de cabañas pasiegas “aquí y allí”. Después hicimos un alto cerca del Refugio de Castro Valnera, paseamos por un bosque de robles y bajamos hasta el pueblo de las Machorras donde, no contentos con la ruta, decidimos volver a enfilar otro puerto, el de la Sía y bajar por los Collados del Asón. Vaya espectáculo. La imagen principal de las cabañas pasiegas está tomada muy cerca de la cima del Puerto de la Sía.

Como decía al principio, el recorrido me ha trasladado a las páginas de “Invierno”, un relato del escritor norteamericano Rick Bass, oriundo de Texas, en el que describe cómo se preparan los habitantes del recóndito valle de Yaak, en el norte de Montana, para la llegada de la estación más fría del año. A Bass le impresionó especialmente el paisaje salvaje de aquellos valles. En el libro, además de narrar cómo terminan recalando en valle él y su novia Elizabeth -dos jóvenes artistas veinteañeros-, cómo encuentran la casa en la que vivirán y quiénes serán sus vecinos, dedican páginas completas a la descripción del entorno, sus recursos y a actividades que a priori pueden resultar banales pero que se vuelven fundamentales para la supervivencia en un escenario como aquel, en el que es fácil alcanzar los treinta grados bajo cero. Hablamos de la recogida de leña, el contar con una buena motosierra para partirla, saber elaborar un buen cercado para el ganado, en definitiva, todo lo relacionado con la vida rural. Con la supervivencia.

A continuación, recojo algunas reflexiones que Rick Bass se plantea a lo largo del libro y que merecen ser compartidas:

“(…) La luz no es nada sin oscuridad que la defina. Incluso en estas montañas de ensueño hay oscuridad (…) esa turbulencia que hay fuera del valle, el ritmo acelerado del mundo exterior, es lo que ayuda a concentrarse en el encanto que hemos encontrado aquí dentro”.

“Hay días en los que prometo, que juro, que mientras pueda seguir subiendo el sendero de detrás de la casa o salir al porche y mirar las estrellas, nunca seré infeliz, nunca (…) A veces creo que este valle (tan alto en las montañas y entre tanta espesura) es como un paso más cerca del cielo, el último lugar antes de llegar a lo auténtico”.

“Tendremos que cuidarnos mutuamente. Aquí no hay nada, excepto ochocientas mil hectáreas de bosque, y luego Canadá. A mí me encanta. Puedo quedarme toda la noche en vela, leyendo, echando los leños al fuego y escuchando la lluvia”.

“Me estoy alejando de la raza humana. No quiero sonar grosero pero me está gustando. Me asusta un poco darme cuenta de lo mucho que me gusta”.

“Me siento poderoso. En las ciudades me siento débil y consumido, pero aquí en las montañas, en la nieve, soy como un animal: sin control de mis emociones, mi felicidad y mis furias”.

“(…) aquí venimos todos huyendo de algo y este aislamiento nos hace sentirnos seguros; sin embargo, al derretirse la nieve y volverse transitables otra vez las carreteras (…), nos sentimos expuestos”.

“Puedo imaginarme un invierno tan frío, (…) Puedo imaginarme un invierno tan solitario, una estación de silencio tan larga, que, tal vez, los hábitos del habla se olviden (…)”.

“Mi corazón también ha cambiado. Tengo menos prisa”.

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